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Mito de Arawaney y Tikire   

Mito arawaco

A

rawaney era una princesa muy bella, que fue pretendida por el jefe Tikire, enamorado de por vida de la joven arawaca, a la que por fin conquistó para que fuese su compañera y madre de su descendencia. Toda la montaña Arawac se puso al corriente de la arriesgada elección, ya que algunos dioses también pretendían a la princesa, por la que dictaron a los shamanes su amenaza de un futuro muy peligroso si la muchacha accedía su belleza a algún mortal. Tal era su belleza.

Pero ningún augurio podría ser más fuerte que el amor, pensaba Tikire. Sucedió que después del desposamiento, Tikire llevó a su mujer donde el shamán Guamache, quien le recomendó hacer una ofrenda en la parte más alta de la montaña al dios Yaya, para lo cual tenía que trasladarla escondida de los dioses pretendientes, que ya estarían acechándolos para vengarse de la desobediencia. Así lo hizo Tikire y para no ser visto por las divinidades condujo a su mujer por el río Arawac (río Aragua), sin percatarse que el manso río había pactado con los dioses por temor a represalias contra él. En el camino escondió a Mapanare, la hechicera envidiosa, para emboscar a Tikire, que, incauto no se percató de la presencia de su enemiga, que tampoco era diestra en el ataque durante el día. Y en un recodo, sin previo aviso, lanzó su picada mortal, alcanzando a la bella muchacha. Tikire en su desesperación cargó a su desposada y ascendió la montaña lo más rápido que pudo, sin percibir que los dioses pretendientes para adelantarse a los deseos del cacique, sembraron de ramas espinosas el camino ribereño para frenar su anhelo. Las ramas laceraban a la moribunda princesa, mientras su amado corría sin notar el desangre de su amada Arawaney. Al llegar a la cumbre, la noche profunda envolvía a la tierra dormida. Fue cuando dio con el desenlace que él mismo había provocado, tanto por el desposamiento prohibido, como por las múltiples heridas que habían desfigurado a su consorte durante el ascenso. Lloró desconsolado, implorando en vano el regreso a la vida de su mujer.

Dicen que los dioses discutieron su propio comportamiento, Yaya, dios supremo, los obligó enmendar el error bajo amenaza de quitarles la inmortalidad por inmiscuirse en asuntos terrenales. Para colmo, tanto Tikire, como el shamán también habían muerto del dolor, éste último porque sabía de antemano la trágica suerte que se iba a desencadenar.

 ARNULFO POYER.

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